The Zanibar Aliens – Space Pigeon (2017)

La banda luso-sueca The Zanibar Aliens es una anomalía espacio temporal tan deliciosa que descubrirla se vuelve algo casi necesario. La sorpresa estriba precisamente en la maravillosa rareza descontextualizada de sus canciones, en la pasmosa insolencia de su juventud y en la romántica alabanza de un pasado del que hacen gala sin ningún tipo de remordimiento.
Con la vista puesta en la década gloriosa del rock (1965-1975), cuando este era libre, desacomplejado, terrenal y lleno de posibilidades, The Zanibar Aliens le dan la vuelta a todas esas influencias y convierten el revival en futuro, las pegas en virtudes, lo conocido en refrescante; como si de la fuente que todos creíamos seca volviese a manar agua limpia. En todo ello se siente la búsqueda de su propia personalidad como banda, cosa a priori harto difícil cuando salen a la palestra los grandes nombres de los que beben pero, y he ahí la sorpresa, gracias a unas más que inspiradas composiciones que rebasan de largo el mero homenaje, lo que podía ser una pega (y de las grandes), se queda en detalle sin importancia.
The Zanibar Aliens son una banda de Blues Rock 70’s con sede en Portugal. Carl Karlsson (voz, teclados) y Filipe Karlsson (guitarra) son la parte sueca de la banda, mientras Martim Seabra (guitarra), Diogo Braga (batería) y Ricardo Pereira (bajo) son la parte portuguesa. En 2017 viajaron hasta Inglaterra para grabar este segundo álbum, titulado “Space Pigeon”, un gran paso hacia delante comparado con el grumoso y sorprendente “Bella Vista”.
“Space Pigeon” resulta más maduro en lo que se refiere a la sonoridad. Las referencias de los años 50, 60 y 70 siguen siendo más que audibles, sin embargo, de toda esa amalgama de referencias surgen canciones notables como “Outta Time”, que suena como si Robert Plant hubiese fichado por MC5, o “Sweet Rita”, que parece sacada del fondo de armario de The Kinks hasta que de golpe muta en un gozoso revolcón más propio del Led Zeppelin III para volver sin ruptura de nuevo a los brazos de un sonriente Ray Davies. El disco lo deja claro desde sus primeras notas, cuando las guitarras rinden homenaje al L.A. woman de The Doors y le ponen a uno en alerta pero con la sonrisa en la cara. Por mucho que suene a Brit Pop, el sonido es tan fresco y libre de ataduras que resulta imposible ubicarlos, hasta que un desbocado órgano Hammond te desarma por completo, ganándote la partida para el resto del disco.
“Wild Thing” ha sido robada de los bolsillos de un adolescente Jimmy Page y te la escupen a la cara como un sopapo de psicodelia que hace 50 años hubiese roto las pistas de baile de todos los clubs de Londres. El trabajo de todo el grupo es igualmente reseñable; tocan compactos, con gusto, finura y potencia, dejando respirar las canciones y dejando atrayentes detalles por doquier.
El resto de canciones fluyen sin prejuicios en un disco breve que se hace tan corto como gozoso. Unos bastardos The Beatles blueseros y ácidos salen a la palestra en “Rejoice”, y los agudos baby baby baby tan Robert Plant remarcan una canción que parece un single de culto de la costa oeste.
Una campestre y delicada “No one shows” vuelve a mostrar que les importa una mierda en qué año estemos, y de paso también a ti si has llegado a este punto del disco, el cual afronta su recta final con dos maravillas llamadas “Turning Over” y “Bobby Hill”.
El hecho de haber sido producido y grabado en analógico en Inglaterra, le da un cuño de misticismo. En una época donde todo suena saturado y empastado, donde prima epatar al oyente a sabiendas de que es mejor sorprender de golpe que invitar a degustar pacientemente, un disco como este se torna brillante y reivindicable. Un disco que demuestra el claro proceso de evolución dentro de la carrera de The Zanibar Aliens, que esperamos sea larga, porque, intuyo, lo mejor está por llegar si siguen por este camino. Obligado escucharlo repetidas ocasiones para captar todos los detalles, que no son pocos. Si en disco son una pasmosa delicia, en directo deben ser una sorprendente necesidad.

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