El orgullo de las viejas cicatrices: Last in Line (II)

Hablábamos del cabreo que me pillé cuando supe que Vivian Campbell se juntaba de nuevo con Appice y Bain para rendir tributo a sus años con Ronnie llamando al grupo como uno de sus trabajos más recordados. Si la cosa no me gustó, cuando pude escuchar el disco que grabaron y que me ha traído hasta aquí, mi cabreo fue monumental. Y no exagero. ¿Qué cojones era eso? Heavy Crown resultó ser un disco buenísimo, dolorosamente bueno, brutal, fresco, emocionalmente deslumbrante, con un sabor a old school maravilloso pero sin sonar acartonado gracias en parte a la producción de Jeff Pilson y a unas composiciones con mucha chicha sabrosa a la que hincarle el diente. Y eso me tocó profundamente las narices y el honor. Qué hijo de la gran puta, recuerdo que pensé. Que flojeen un par de canciones no es demérito ninguno; las siete primeras son literalmente perfectas. Puto Vivian, deberían azotarle públicamente, eso no se hace, hay que ser cabrón, qué puta mierda, puto vago capullo, ¿ahora vuelves?… Cosas así pensaba cada vez que escuchaba el jodido disco, porque, insisto, es un disco cojonudo y por alguna razón extraña, yo no pude (hasta hoy) dejar de escucharlo. Y era lógico que pensara así dolido aun por la muerte de Ronnie. Si hubieran grabado eso con Dio a la voz el que la hubiera palmado hubiera sido yo, pero de placer (Heavy Crown mira por encima del hombro a los dos últimos trabajos de Dio –banda- a pesar del brillo y carácter reivindicable que tienen), de ahí la ofensa que uno siente al escucharlo por primera vez. No voy a desgranar cada una de las canciones (escucharlo, es obligatorio) pero uno no puede evitar sentirse profundamente jodido las tres o cuatro primeras veces. Debería estar penado ser como Vivian Campbell. Durante varios meses jugué con la idea de escribir algo sobre Vivian en plan jocoso puñetero, sobre su carrera, sobre todos esos años que directamente parece que ha tirado al retrete por un puñado de dólares (un buen puñado, es cierto, pero no me jodas, hablamos de un estilo musical que choca frontalmente con la falta de integridad, por muy patético que eso llegue a resultar). Un tío que es capaz de grabar tras la muerte de su mentor, casi treinta años después de partir peras con él de mala manera, un disco así, merece como mínimo un puñetazo. Sacar un disco con el que decide “regresar” tras años y años de ser mera comparsa, componiendo cosas como “Martyr”, “Devil in me” o “Starmaker”, merece que le escupan a la cara (por mucho que Orange Glow tarde en arrancar y acaso nunca termine de hacerlo y haya otra que se les perdona por eso del postcoito tras las siete primeras)…

Aún así, con todo, lo de Jimmy Bain y Vinnie Appice es disculpable (y en su caso maravillosamente entrañable); siempre estuvieron ahí, íntegros, en las buenas y las malas, ¿pero Vivian? ¿Después de todo lo que (no) ha hecho? Andá a la mierda… Eso no se hace. Y no hay más…

Pero sí hay más… Afortunadamente…  Una vez pasado el disgusto uno descubre que, si la guitarra de Campbell cruje sabrosa en esta reencarnación postmorten del jefe, lo de Appice y Bain merece capítulo aparte lleno de vítores y aplausos. Siempre me ha puesto firme y tontorrón la mastodóntica manera de aporrear la batería del pequeño de la saga Appice, tan diferente a la de su hermano, tan bruta, seca, retumbante, tan a punto del desastre siempre, como si un mamut se pusiese a bailar claqué y siempre lo clavara al final, saliendo airoso del riesgo que transmite esa manera de tocar que tiene; esos redobles únicos, musculosos, percutivos y secos, tan poco delicados pero absoluta y emocionalmente perfectos para el tipo de música de la que estamos hablando. Pues en este disco se vuelve a lucir, pero a gusto, sin vergüenza ninguna, dando una clase magistral en todos los jodidos temas, porque son esos aparentemente pequeños detalles los que hacen crecer las canciones. Tú no te das cuenta, pero ahí está Vinnie subiendo la nota de unos temas notables y haciendo que desees escucharlos otra vez porque tienes la sensación de que te estás perdiendo detalles, y ese siempre ha sido el gran secreto de Vinnie, que su manera de tocar oculta más de lo que parece, haciendo vascular las canciones sacándolas de pelotón y haciéndolas brillar. Y luego esta Jimmy, el adorable Jimmy Bain, el genio oculto que dirige en la sombra todo. El típico músico con un ego templado que antepone siempre la canción a todo lo demás. Como bajista siempre tuvo clarísimo cuál era su papel, precisamente el sostenedor de unas composiciones viscerales, el que daba empaque a todo, porque, y más en este caso, a su lado están la bestia parda de Appice y el insolente Vivian (algo que Bain ya hizo de manera deslumbrante en esa trilogía de Dio de la que hablábamos y que aquí volvió a hacer justo antes de dejarnos a los 68 años).

No se me olvida el cantante, puntilla de un disco tan puñeteramente bueno como este. Podían haber cogido a cualquier imitador de Ronnie, sobre todo en cuanto a rango vocal y fraseo; eso hubiera sido lo fácil, sin embargo los tres tuvieron la sensatez de elegir a Freeman y no hacer de Last In Line un chiste sin gracia (imagino a los de Dio Disciples mirando disimuladamente hacia cualquier sitio, quizá hacia un inexplicable holograma). A Andrew Freeman nadie puede acusarle de imitador; quizá no sea el cantante más personal del universo, pero sin duda tiene el empaque suficiente como para salir airoso de semejante brete. Y es ahí donde el disco gana definitivamente, aunque cuesta verlo, es así. Uno las primeras veces, lo pasa mal imaginando a Ronnie cantando estas canciones, pero poco a poco descubres que Freeman lo hace francamente bien. El fraseado de los versos y la melodía es totalmente deudor de Ronnie, es su manera de cantar, esa que tanta escuela ha creado y por la que algunos aún nos pegamos cabezazos en la pared al escuchar según qué cosas (guturales, sobre todo) y que nos alejan tanto de eso del metal. Pero el tono es tan distinto que Freeman se acaba erigiendo como digno para el puesto, para hacer de esta una banda “nueva” y no caer en mero revival.

Volviendo a Vivian Campbell: Yo aún no se lo perdono del todo, aunque hayan pasado casi 3 años y aún siga escuchando preocupantemente a menudo este disco. Todavía puede tocar el hacha como nadie más, y lo demuestra una y otra vez en prácticamente todas las canciones de este álbum, pero uno no puede evitar preguntarse de vez en cuando qué cojones ha estado haciendo desde 1987 a parte de vivir a la sopa boba (perdón mamá por robarte la expresión). Si piensas que exagero, ve a YouTube, escribe “Vivian Campbell: Some Lead Moments” y llora, o simplemente vuelve a ver el concierto de Dio en el Spectrum (tan cortito como revitalizador).  Dicho esto, si la muerte de Ronnie ha hecho que Vivian espabile por fin, bienvenido sea (mangas verdes).

Con respecto al disco, no todo van a ser parabienes. En general este álbum, Heavy Crown, carece de la inocencia y la ferocidad de Dio 1, 2 y 3, ofreciendo en su lugar un sonido mucho más tenue, quizás más comercial, pero aunque musicalmente funcione pulsando otras teclas, estas son alcanzadas de sobra. También diré que este álbum crece cuanto más lo escuchas. Sí, la música es un poco menos visceral e espontánea de lo que esperaba, pero también lo son los miembros de la banda y, coño, yo también soy mayor. Así que, para diferentes niveles de energía, diferentes motivaciones entonces. En definitiva un disco buenísimo que funciona como precioso homenaje a quien les dio la oportunidad hace 30 años (a Vinnie y Vivian), ofreciendo un conjunto de canciones con una maravillosa familiaridad nostálgica, pero que consigue funcionar como obra de arte en sí misma, con momentos de gran altura, musical y emocionalmente, y que merece ser rescatado y reivindicado, provocando que, al final, uno esté expectante de su siguiente y anunciado segundo disco.

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