EL NIÑO DE LA FLYING V Y LOS TIPOS MALCARADOS: UFO, Michael Schenker, y el pasaporte que cambió el hard rock. (2)

Portada "El niño de la Flying V (II)

(Viene de aquí)

El cuarteto: genio, caos, roca y voz cansada

Porque para entender lo que UFO logró entre 1974 y 1978 hay que entender a los cuatro hombres que estaban ahí arriba, no solo al guitarrista.

Michael Schenker no tocaba solos: construía arquitecturas. Frases que subían y bajaban con una lógica melódica que Tony Iommi siempre ha dicho admirar, que Slash citaría décadas después como influencia fundacional, con ese vibrato imposible de imitar y ese tono limpio y cortante como un cristal roto. Y venía, como todo genio de manual gonzo, con precio: Michael era errático, temperamental, maniático y capaz de abandonar el escenario a mitad de canción sin previo aviso si la cosa no le cuadraba.

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Pete Way era el caos con estilo. Bajo Thunderbird colgado tan bajo que parecía atado a los tobillos, trajes de lunares, mayas y tirantes que en cualquier otro habrían sido ridículos y en él eran los complementos perfectos de un dios menor del rock. Mientras Schenker levantaba catedrales de riff, Way las decoraba, les daba ese swing sucio que convertía Mother Mary en algo que se te quedaba pegado al cráneo (así lo describió Kirk Hammett, que a los quince años se topó con Force It en una tienda de importación de Berkeley y ya nunca fue el mismo). Fuera del escenario, Pete Way fue la crónica de sucesos con banda sonora: seis matrimonios, subidones y broncas, primorosas actuaciones seguidas de luminosos desastres, un amor incondicional por sus colegas (enmarcadas con todo tipo de excesos y broncas resueltas a puñetazos) y adicciones que casi lo matan varias veces antes de matarlo del todo en 2020. “Pensé que nos sobreviviría a todos”, dijo lacónicamente Andy Parker cuando se fue. El batería que sobrevivió a los ochenta haciéndose albañil y constructor no pudo ser más sardónico y acertado para con su amigo. 

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Y hablando del batería, Andy Parker. Él, frente a ese vendaval, era la roca. El batería fundador, el que aguantó ahí (junto a Mogg) sujetando el tempo mientras a su alrededor Schenker desaparecía a mitad de gira y Way se caía de los escenarios. Ese tipo de músico que nunca protagoniza los documentales dramáticos pero que es, literalmente, la razón por la que el barco no se hundió antes. Discreto hasta para irse: se marchó (tras su salida en 1983 y su vuelta en 1993) en 1994 porque, en sus propias palabras, no confiaba en que la banda fuera lo bastante estable, lo cual es una manera muy inglesa de decir “esto es un manicomio, me voy a casa”.

Pero esta historia, que empezó con un pasaporte olvidado y parece que trata sobre un chico prodigio alemán, realmente trata sobre Phil Mogg, el hombre que se quedó.

Porque Phil Mogg merece más que una nota al pie, pues es el único hilo que atraviesa los cincuenta y pico años de esta historia sin romperse nunca. Nacido en Wood Green, norte de Londres, en abril de 1948, Mogg fue el único miembro que apareció en absolutamente todos los discos de UFO, desde el debut espacial y lisérgico de 1970 hasta la gira de despedida de 2019-2022. Todos los demás (Schenker, Way, Parker, el añorado Paul Raymond, el genial Neil Carter y media docena de guitarristas intermedios) entraron y salieron como en un carrusel. Y Mogg se quedó. Siempre. Es el capitán que no abandona el barco ni cuando el barco estuvo, literalmente, en llamas.

Sin embargo es el menos mitificado de los cuatro, probablemente porque su instrumento no es visualmente heroico: nadie hace pósters de un tipo no muy agraciado cantando con las manos en los bolsillos. Pero ahí está el truco, mientras Schenker construía monumentos de seis cuerdas y Way los decoraba con glamour sucio, Mogg escribía y cantaba con una voz cansada, resignada, sabia, casi conversacional (como quien te cuenta algo importante en la barra de un pub a las dos de la mañana sin levantar el tono y además te invita a otra). Firmó la inmensa mayoría de las letras de la banda a lo largo de veintidós discos de estudio, y esa raíz cósmica y melancólica de los primeros años de space rock (“Unidentified Flying Object”, esa cosa que abrió su primer disco) nunca desapareció del todo, ni siquiera cuando la música se puso dura y chispeante y Schenker empezó a escupir fuego por el mástil. Doctor Doctor es, mirado de cerca, la letra de alguien pidiendo ayuda mientras finge estar perfectamente bien, es decir, la letra perfecta de una generación (masculina) a la que se le exigía no padecer para no parecer demasiado sensible. Love to Love (que nació, cuenta el propio Mogg, como un solo improvisado de Schenker alrededor del cual construyeron la canción, hasta convertirla en un maratón maravilloso de casi nueve minutos) tiene en su letra un anhelo que nunca se resuelve del todo, sin el triunfalismo hueco de tantos himnos de la época. Mogg es el antídoto perfecto contra el ego del guitarrista de turno: el fuego de uno, el desencanto contenido del otro. Esa fricción, creo, es la fórmula secreta de UFO. Mogg siempre pareció el menos espectacular de la banda, pero en el fondo era el mejor, el más humano, el que transmitía la emotividad secreta que siempre los hizo disfrutables en todas sus etapas, el tipo que creó con su emotiva pero modesta voz la base perfecta para que los demás brillasen (Schenker), pusieran la potencia elegante (Way) o fuesen el impulso infalible (Parker).

Y aquí viene lo bonito, aquello de lo que pocas bandas de esta generación pueden presumir: Mogg sigue vivo, sigue cantando, y en la recta final de su carrera nos ha dejado dos regalos que cualquier fan debería tener cerca. El primero, Dancing With St. Peter (2002), grabado bajo el nombre de Mogg & The Sign of 4 junto al guitarrista Jeff Kollman (un disco irregular, sí, que se aleja del hard rock de estadio para meterse en un terreno más azul, más íntimo, pero que en su tema título y en el cierre, Seems to Me, alcanza momentos de una emotividad que corta literalmente la respiración; el tipo de disco que un fan escucha entero, sin saltar canciones, y termina con un nudo en el estómago, un disco cuyo título ya es un guiño (¿qué harás cuando te toque bailar con san Pedro?) y que termina con esa canción (Seems to me, inisisto) solo puede componer alguien que no se acaba de creer todo lo que le ha pasado pero que aún así se siente inmensamente orgullosos de lo hecho. Pero no, para firmar lo que parece que es su último disco, el señor Phil Mogg tuvo que reponerse de un infarto y dar por cerrada definitivamente la vida de UFO. Con Mogg pasados los setenta y cinco años, y recién enterrado UFO tras la gira de despedida, apareció Moggs Motel (2023), su verdadero debut en solitario, con Neil Carter (viejo compañero de mil batallas) a la guitarra y los teclados. El disco es bueno, muy bueno, mucho, pero incluso si no lo fuese (que insisto que lo es), con que contuviese una canción como Sunny Side of Heaven ya merecería un monumento, una canción que resume toda una carrera, que emociona, que te agarra y no te suelta, que es Phil diciéndole a San Pedro (por si no se enteró en 2002), sírveme otra ronda y búscame una mesa cercana al infierno.Un disco que suena exactamente a lo que uno querría que sonara el último acto de Phil Mogg: rock sólido, sin nostalgia impostada, con la voz un poco más rota pero todavía reconocible al instante, cerrando con dignidad y sin estridencias una carrera que empezó (o se definió) en un muelle de ferry hace más de cincuenta años, cuando a otro tipo se le olvidó, convenientemente, el pasaporte.

Así funciona el rock and roll. No es un plan. Es un accidente con banda sonora. Y, si tienes suerte, allí habrá alguien que se quedará hasta el final para contarlo.

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