EL NIÑO DE LA FLYING V Y LOS TIPOS MALCARADOS: UFO, Michael Schenker, y el pasaporte que cambió el hard rock. (1)

Va por Phil

Vale, vamos a hablar de UFO. 

Aunque eso plantea un problema. 

En mi entorno diario, decir esa frase (que no me atrevería y, total, para qué) implicaría apuntar, “no, no vamos a hablar de extraterrestres” (aunque los primeros discos de esta banda de Londres suenan exactamente como si alguien hubiera grabado un platillo volante estrellándose contra una torre de Marshalls). En cambio, decir eso en esta publicación implica asumir que vamos a hablar de una banda de rock que debería estar en el podio de las bandas más grandes. Entre medias, entre mi pequeño mundo inane y esta comunidad virtual de aficionados, duele que UFO siga siendo una banda que casi nadie conoce, y digo “casi” porque cualquier guitarrista que se precie siente un relámpago en la espalda cuando suena Rock Bottom en directo, esa cosa pantagruélica, interminable, esa procesión de riffs y solos que dura lo que dura un matrimonio infeliz y que sin embargo uno querría que no acabase nunca.

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UFO nace en 1968 en Londres, bajo el nombre de The Boyfriends, luego Hocus Pocus, hasta que por fin, en octubre de 1969, alguien tiene la genialidad de llamarlos UFO. El núcleo fundacional es ya, desde el minuto uno, una lección de contrastes. Tenemos a Phil Mogg a la voz (un tipo con cara de gerente desgreñado de pub y voz de sirena de fábrica), Pete Way al bajo (un terremoto, un buscavidas, el epicentro del caos y a la vez motor creativo musical, un chaval que, de haber nacido 30 años más tarde, lo hubieran diagnosticado como hiperactivo), y Andy Parker a la batería, con el guitarrista Mick Bolton completando el cuarteto original. Y ese puesto, el de guitarrista, resultará tener una maldición gitana: Bolton se esfuma sin explicaciones tras dos discos, entra Larry Wallis de los Pink Fairies y dura lo que dura un cigarrillo a la puerta de un colegio (de los de la época), y entonces, en 1972, llega un tal Bernie Marsden, un tipo tan chaparrito como competente.

Marsden (que años después se haría legendario en Whitesnake, escribiendo riffs que todavía suenan en los anuncios de coches) se sube al barco de UFO con la mejor intención del mundo. Toca, graba un single (Give Her the Gun), y hace lo que puede en ese grupo de pendencieros londinenses que quiere endurecer su sonido. El grupo, inmerso en una especie de gira sin fin por todo tipo de antros, se planta en 1973 teniendo que cruzar el mar del norte destino a Alemania para una gira de esas que definen carreras o las entierran. Se rumorea que pueden firmar con Chrysalis, pero aún no hay nada seguro.

Es aquí donde el destino (ese cabrón con sentido del humor) decide intervenir. Bernie Marsden llega al muelle de embarque del ferry. Con él, su madre, que ha ido a despedirlo. Hace frío y todos comparten camaradería y cigarrillos. Entonces Bernie se palpa la chaqueta. Se palpa otra vez. Y con esa expresión universal del hombre que acaba de comprender que su vida está a punto de dar un giro absurdo, dice la frase que le costaría el puesto: “mierda, se me ha olvidado el pasaporte”. Aquí hay que hacer un inciso necesario, porque el detalle no cuadra del todo: Bernie tenía ya veintiuno, veintidós años, un hombre hecho y derecho, no era un crío despistado. Todos se miran perplejos. ¿Qué está diciendo el tipo con cara de bueno y zapatos de tacón cubano? Mogg seguramente comprendió al instante por qué Mardsen era el único al que había ido la madre a despedir. La sospecha es que, llevar a mamá al muelle, no fue candidez sino estrategia, un escudo perfecto contra el genio de mecha corta de Pete Way, que por entonces ya repartía puñetazos sin mediar palabra cuando algo no le gustaba. No hay fuente que lo confirme, pero como teoría de bar, la firmo con gusto.

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Ahí, en ese muelle, se cierra una puerta y se abre otra, mucho más grande, con luces de neón y un adolescente alemán al otro lado. Hay que imaginar la escena. El grupo, en lugar de remover cielo y tierra, convencer a Bernie y reagendar los bolos, decide marcharse de gira sin guitarrista. Llegada a Hamburgo como trío. Miradas de “como alguien nos diga que dónde está el guitarrista le partimos la cara”. Llegada al local del primer bolo. ¿La idea? Improvisar y flipar cósmicamente, que para algo ya hemos hecho dos discos así. ¿Sin guitarra? Sin guitarra. O ya veremos, coño, no nos agobies. 

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Parker, Way y Mogg, sin guitarrista, con la gira ya comprometida, observa al grupo telonero de aquellas fechas: una banda incipiente llamada Scorpions, en cuyas filas hay un chaval de dieciocho años, rubio, flaco, que se llama Michael Schenker y que toca la guitarra como si tuviera un pacto con algo que no es exactamente Dios pero se le parece. Phil Mogg y los otros dos lo ven tocar en ese local cochambroso de Hamburgo antes de que salgan ellos y ahí mismo le ofrecen el puesto. Según contó el propio Phil, la cosa fue así: “Les preguntamos a Scorpions si podíamos contar con Michael, y dijeron que sí, así que después de su actuación, Pete y Michael se sentaron en la parte trasera de un coche y trabajaron en C´mon Everybody, Who Do You Love y Boobie For George, que logramos completar con una sesión entera de improvisación”. Así que la cosa fue: ¿Subes a tocar con nosotros? Michael los mira extrañado y dice que no habla inglés. Ellos no hablan alemán. Da igual. Nada que no se pueda resolver con unas pocas señas y gestos universales. Michael sube, le dicen el tono en el que va el blues, y a tirar… Mágico.

Cómo tuvo que ser aquello para que Rudolf Schenker, hermano mayor de Michael, tras el bolo, le diera su bendición (Scorpions encuentran a Uli Jon Roth, UFO encuentran su santo grial). Y así, con la ayuda involuntaria de un pasaporte olvidado, nace la formación que va a redefinir el hard rock británico de los setenta.

La historia, el cotilleo, la anécdota, lo que fuese que sucedió, terminaría aquí. No hay más, pero resulta tan bonito de imaginar que uno desearía haberlo presenciado (UFO llevarían a alguien que les ayudara con el equipo desde Londres, digo yo). Pero la inercia (como el solo de Rock Botton) hace inevitable que sigamos un poco. De momento están los cinco discos que sacaron del tirón y que definen una vida, un estilo y un mundo que, lamentablemente, ya no volverá, cerrando el círculo con el doble vinilo en directo definitivo (o uno de los tres definitivos).

(Sigue aquí)

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